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Estamos en la época más festiva del año. Es el tiempo de los festivales, los desfiles, los bailes públicos y las expresiones típicas de nuestras naciones.

El verano le cambia la fisonomía al país…y a las personas.

Los atuendos tradicionales, los aires musicales de la tierra que dejamos, el ambiente de carnaval, la bandera ondeando al ritmo del viento, el himno nacional y las danzas folclóricas.

Todo es una fiesta llena de colores, tambores, flautas y expresiones humanas.

Vivimos un ambiente tropical.

Nuestros jóvenes se contagian de la herencia latina en todas sus manifestaciones.

Tenemos que mantener esa alegría y convertirla en felicidad más duradera.

Evitemos que la celebración se vuelva desorden.

Expresemos alegría compartiendo amablemente con el vecino, el paisano y el visitante.

Vivamos cada fiesta sin excesos, respetando la privacidad de cada persona.

Controlemos el volumen del equipo de sonido…y el grito de nuestra garganta.

Busquemos la felicidad en el trato amable, en la excelente relación humana.

Estos minutos de alegría que nos regala el verano pueden ser la ruta hacia la felicidad diaria.

Recordemos que la felicidad no es una meta, sino el camino para llegar a ella.

Ganemos amigos durante los días de sol y jolgorio.

Que las fiestas de verano sirvan de puente para unir a nuestras comunidades en una sola.

 ¡Felicidad para todos!

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