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Por Daniel Morcate

Hace unos días tuve ocasión de desandar los pasos que siguieron un millón de personas, encabezadas por Martin Luther King, durante la Marcha de Washington de 1963 para reclamar la liberación y la igualdad de los afroamericanos ante las leyes. Al final de la caminata me paré en el lugar exacto donde King pronunció su más celebre y elocuente discurso, el de “ I have a dream”, hacia el centro del monumento al Gran Emancipador, el viejo Abe Lincoln. Y medité en lo que hemos avanzado en materia de igualdad 50 años después de aquella memorable jornada. Dos imágenes de inmediato acudieron a mi mente: la del primer presidente negro, Barack Obama, como símbolo del progreso que hemos hecho; y como símbolo del que nos queda por hacer, la de Trayvon Martin, el joven a quien mató de un balazo George Zimmerman por caminar siendo negro.

El sueño que enunciara King en aquel discurso lo resume la idea de que llegaría el día en que los norteamericanos nos juzgaríamos mutuamente no por el color de nuestra piel, sino por el contenido de nuestro carácter. Eso es lo que parece suceder hoy cuando, a diferencia de entonces, vemos a un afroamericano ocupar la presidencia por elección de la mayoría de sus compatriotas y a muchos otros en las altas esferas del gobierno, la banca, la industria, la educación, las artes y otras áreas productivas de nuestra sociedad.

Y sin embargo, al cabo de cinco décadas, sigue siendo posible que a un joven negro desarmado lo acosen y maten por “lucir sospechoso” mientras camina. También abundan los datos sobre la persistente desigualdad de los afroamericanos. Estos marchan a la zaga de los blancos no hispanos en ingresos, bienes, empleo, educación, vivienda y longevidad. En cambio, los “superan” en pobreza, deuda, encarcelamiento y muerte violenta. La mayoría de nuestros dos millones de presidiarios son afroamericanos e hispanos. Hace 50 años, la tasa de desempleo de los afroamericanos era de 10.9 % y la de blancos no hispanos de 5%. Hoy la de los afroamericanos es de 12.6% y la de los blancos no hispanos de 6.6%.

A fuerza de sangre, sudor y lágrimas en Estados Unidos hemos conquistado la libertad de los afroamericanos y otras minorías y forjado una sociedad admirablemente comprometida con la diversidad. Pero todavía nos queda un largo trecho por recorrer para lograr una mayor equiparación de todos los norteamericanos ante la ley y propiciar una sociedad más justa, sobre todo en lo que respecta a oportunidades laborales y económicas.

Para continuar avanzando, la primera condición es reconocer con honestidad que la desigualdad persiste, como persisten el racismo y la discriminación. Lamentablemente, muchos conservadores no aceptan esta premisa y se comportan como si hubiéramos logrado ya el mejor mundo posible. Por eso achacan el retraso de tantos afroamericanos e hispanos a su “irresponsabilidad” y promueven medidas que perpetúan ese retraso, tales como la erradicación de la acción afirmativa, el recorte del presupuesto de las escuelas públicas y las trabas para votar. Mas inclusive nuestros conservadores no son como los de hace 50 años. Aquellos, no lo olvidemos, combatieron sin tregua el movimiento de derechos civiles, satanizaron a Martin Luther King y en vano intentaron impedir la marcha sobre Washington.

Como presidente, Obama se ha abstenido de hacer activismo directo a favor de la igualdad de las minorías. Cree, comprensiblemente, que su obligación es gobernar para todos los norteamericanos, sin generar favoritismos ni crispaciones raciales. Pero el próximo 28 de agosto, día en que se cumple medio siglo de la marcha, dará un discurso en el mismo sitio donde habló King. Será una oportunidad excepcional para que le legue al país una visión de cómo mantener vivo el gran sueño humanitario de quien fuera nuestro más extraordinario líder de los derechos civiles.

www.twitter.com/dmorca

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