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Cerca de 300 niños sin acompañantes mayores han llegado a Chelsea –ciudad amiga de inmigrantes- en busca de ayuda para continuar su desconocido camino.
Los pequeños no tomaron la decisión del éxodo. Fueron impulsados, usados y abusados por mayores que tienen diferentes intereses.
A Lawrence –otra ciudad de inmigrantes- también llegaron otros menores.
Lo que se originó en Honduras, El Salvador y Guatemala está repercutiendo en nuestra comunidad.
Muchos de los niños no han tenido la oportunidad de aprender a leer y escribir en su propio idioma. Ahora se sumergen en otra cultura y lenguaje.
Líderes compasivos y con gran sentido humanitario han realizado reuniones en la Colaborativa de Chelsea, a donde han llegado representantes de otras entidades. El aporte de cada persona es valioso en esta situación de emergencia.
Durante el último año, la llegada de niños sin un destino fijo se ha incrementado en un 92% en la frontera suroeste de los Estados Unidos. De allí –quienes han podido- han tomado rumbo hacia estados que nunca soñaron.
Ese no debe ser el sueño americano de esos seres inocentes, entre los 4 y 17 años de edad.
Inmigrantes que ya legalizaron su situación tienen ahora la oportunidad de ayudar, como una forma de retribución a su comunidad, así sean de otros países.
Los jóvenes universitarios y los profesionales bilingües son importantes en este momento.
Esta situación –masiva- se presenta por primera vez.
Es la hora precisa de servir sin deseos de figuración o compensación monetaria.
El talento, las ideas, los buenos contactos y una excelente voluntad de servicio devolverán a estos niños los momentos de alegría y calma que tanto necesitan.
Hermanos latinos: es el momento de servir generosamente.

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