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Un diminuto fósforo o una colilla de cigarrillo pueden ser causantes de graves tragedias, donde se calcinan vidas y se esfuman esperanzas.
El fumador, aparte de ser víctima de su hábito incontrolado, de ese vicio que no es capaz de abandonar, puede generar magnicidios irreparables. El peso de la conciencia será una carga de por vida, al saber que una leve chispa originó una voraz conflagración que destruyó bienes y convirtió en cenizas esos cuerpos indefensos de todas las edades.
El caso de Allston, donde pereció una joven próxima a graduarse en Boston University, es una muestra de la mortal acción de las llamas. Una basura acumulada en un pasillo cerrado tomó fuego de unos residuos de cigarrillo, dejados involuntariamente por un fumador.
Se han registrado miles de incendios, en todas las latitudes, causados por colillas, aparentemente inofensivas.
Cuántos fumadores se duermen sujetando entre sus dedos -índice y cordal- ese cigarrillo iniciado que los despierta luego con su respectiva quemadura. Otros han visto la propagación de la candela en el colchón de su habitación, amenazando la existencia de su familia.
Aparte de destruir los pulmones y todo el aparato respiratorio, el cigarrillo acaba con grandes complejos habitacionales y, lo más valioso, con inocentes seres humanos.
Evitemos que nuestros familiares y vecinos depositen desechos peligrosos. Mantengamos con baterías los detectores de humo. No prendamos candiles o velas con el fuego de la estufa.
¡La vida es una sola. No la podemos quemar!