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Por María Clara Ospina

Me subo al ascensor y comienzo a ponerme nerviosa. Una persona tose con fuerza, su tos suena muy mal, se da golpecitos contra el pecho. Otra se suena estrepitosamente, luego toca con la misma mano el botón del piso donde quiere llegar. Otra se ve amarilla, su acompañante la sostiene.

Entonces, pienso, sería un milagro bajarme de este ascensor sin haber adquirido algún contagio. En este pequeño cubículo, por lo menos la mitad de los pasajeros deben de estar enfermos, no en vano estoy en un hospital.

Alguien me decía que la mejor manera de evitar un contagio es eludir los lugares donde hay enfermos. ¡Lógico! ¿Y cuáles son esos lugares? Pues todos los centros de salud, los consultorios y, naturalmente, el personal de la salud, inclusive los médicos.

Ese médico que usted acaba de saludar, seguramente saludó también de mano al paciente anterior, el que tiene esa enfermedad tan contagiosa.

Son pocos los médicos y las enfermeras que se lavan las manos después de cada saludo y ahí comienza el contagio.

Acabo de leer un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) con base en Ginebra, Suiza, que dice: “De cada 100 pacientes hospitalizados, al menos 7, en los países desarrollados, y 10, en los países en vía de desarrollo, contraen una infección en los servicios de salud. En el caso de cuidados intensivos, la tasa de infección alcanza el 30 por ciento de los pacientes”.

Esto es realmente alarmante. Todos sabemos que durante una operación cualquiera corremos el riesgo de pescar algún virus extraño, resistente a todo, en la sala de cirugía. Horrible, pero cierto.

Los hospitales y centros de salud son muy conscientes de esto y han tomado algunas tímidas medidas. Muy tímidas, a mi parecer. Por ejemplo, han colocado dispensadores de desinfectante, alcohol, por todas partes. Pero nadie obliga a nadie a usarlo. Y, de hecho, poca gente lo hace.

Me parece que hay cosas muy sencillas de hacer, las cuales deberían ser reglamentarias en todos los centros de salud, para evitar contagio. Indudablemente, los dispensadores de desinfectante para las manos son una buena idea, siempre y cuando la gente los use.

Mejor idea es repartir máscaras o cubre-bocas para que si usted tiene algún tipo de tos no esparza su enfermedad con cada estornudo.

Esto es algo muy común en Japón. Pocos japoneses se atreven a ir a un lugar público sin tapaboca, si están enfermos. Yo diría que esto es señal de civilización y respeto hacia los demás.

Y mi mejor recomendación, evite los centros de salud, especialmente si usted pertenece a la tercera edad, no lleve innecesariamente niños y menos bebés, los más sensibles al contagio.

Lávese las manos permanentemente. En un hospital, no salude a nadie con la mano, mucho menos lo bese y, siempre que pueda, use los dispensadores de desinfectante.

Para mantener la salud, ayuda más la prevención que la suerte, no vaya a un hospital si no le es completamente indispensable.