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Escribe DANIEL MORCATE:

Se apagó la estrella de Alex Rodríguez. Con estrépito se cayó del firmamento beisbolero, como antes les sucedieran a las de José Canseco, Mark McGwire, Roger Clemens, Sammy Sosa, Rafael Palmeiro, Barry Bonds y tantos otros.

Lo raro es que no hayan declinado más, si tenemos en cuenta que el uso de sustancias para mejorar el rendimiento ha sido en el béisbol el pan nuestro de cada día.

Y en el fútbol, el boxeo, el baloncesto y otros deportes organizados. ¿O alguien de veras se ha creído el cuento de que los atletas profesionales son como son y lucen como lucen por generación espontánea? ¿O por su linda cara? Lo que en realidad sucede es que el más desenfrenado puritanismo se ha adueñado del béisbol de Grandes Ligas y ha apostado por la prohibición, en vez de apostar por la prescripción profesional y responsable de las sustancias que necesitan los jugadores para explotar al máximo sus habilidades naturales y adquiridas en beneficio de uno de los deportes más inteligentes y emocionantes que ha creado la criatura bípeda.

El uso de sustancias “especiales” para mejorar el rendimiento es tan antiguo como el béisbol mismo. En 1889, el lanzador Pud Galvin, a quien llamaban el “Pequeño Motor de Vapor”, se convirtió en el primer pelotero profesional en hablar públicamente del uso de esas sustancias.

Le sirvieron para ganar 300 juegos y aterrizar en el Salón de la Fama.

El más grande de los grandes, Babe Ruth, probablemente no lo habría sido de no haberse inyectado extractos de testículos de ovejas, lo que, por cierto, lo enfermó y alejó de la alineación Yanqui en cierta ocasión.

Se dice, aunque no consta, que Micky Mantle usó esteroides y anfetaminas en un fallido intento por ganarle el concurso de jonrones a Roger Maris. Incluso Hank Aaron, antes de que se “avergonzara” de Barry Bonds, admitió haberse disparado anfetas para salir de una mala racha de bateo.

La historia estaba del lado del uso de sustancias especiales para mejorar el rendimiento de los peloteros. Los estadios se llenaban de fanáticos que acudían a aplaudir a los numerosos toleteros de moda. Y agentes y dueños de equipos se forraban de pasta.

Fue entonces cuando Canseco cantó como una almeja. Sintiéndose víctima de una trastada de las mayores, el toletero de Miami expuso el tinglado y disparó los resortes del inveterado puritanismo nacional. Los dueños de equipos se limpiaron las manos. Los agentes hicieron mutis. Congresistas federales, esos ejemplares guardianes de la Patria, organizaron audiencias maccarthistas y exigieron mano dura, aunque sin sacar claras conclusiones (comprendieron que no había inocentes, ni siquiera ellos, pues el Congreso jamás había regulado el béisbol). Y de pronto comenzaron a rodar las cabezas de los mismos peloteros a los que todos habían aplaudido con delirio mientras miraban hacia otro lado. Se impuso la prohibición, cuando lo razonable hubiera sido crear mecanismos legales y seguros para que, voluntariamente, los jugadores pudieran optar por el consumo de sustancias que potencien su rendimiento en el terreno de juego sin trastornar su salud física o mental.

La prohibición, a lo sumo, dará satisfacción sicológica a quienes creen que todos los problemas de conducta se resuelven prohibiendo. Pero difícilmente acabará con el consumo de las sustancias vedadas. Lo más probable es que estimule su uso clandestino, con los consabidos riesgos de salud para los atletas y la estigmatización de aquellos que sean sorprendidos usándolas. También eliminará una opción para mejorar el rendimiento, lo que deslucirá la competencia y afectará económicamente al béisbol organizado, algo que de hecho ocurre ya. Una alternativa más razonable sería una oportuna, prudente y franca regulación.

 

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

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