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Por Maribel Hastings

Cuando un atleta o cualquier persona es presa del temor o la tensión impidiendo su óptimo desempeño en una competencia o situación particular, en mi natal Puerto Rico decimos que le ganó el frío olímpico. Y la semana pasada, cuando observé de lejos los desarrollos migratorios en el Congreso, vi cómo algunos de los protagonistas, de ambos partidos, comienzan a ser víctimas del frío olímpico, cuando el debate senatorial apenas comienza.

En el Senado, las líneas están claramente demarcadas entre una oposición mayormente republicana que esgrime argumentos baratos y cansados para descarrilar el proceso; y una mayoría demócrata que proveerá el grueso de los votos para aprobar esa reforma.

Aunque en la Cámara Baja no queda claro qué proyecto (o proyectos) se considerarán o cuándo habrá allí un debate, ya el Senado está actuando en función de influir el proceso en la Cámara Baja.

Eso ha provocado, por un lado, que figuras republicanas del Grupo de los Ocho en el Senado, como el senador de Florida, Marco Rubio, esté nadando entre dos aguas impulsando el proyecto S. 744 y calmando las exigencias de seguridad fronteriza que proponen figuras republicanas, como el senador de Texas, John Cornyn, que desechan los logros ya alcanzados en materia de seguridad y aplicación de leyes migratorias, y sólo buscan entorpecer la vía a la ciudadanía, y matar el plan.

Aunque consigan lo que quieren, de todos modos ya decidieron cómo votarán por la reforma: con un rotundo NO.

“Si podemos llegar a unas medidas razonables para asegurar la frontera y prevenir otra ola de inmigración ilegal en el futuro, vamos a tener más de los votos necesarios para aprobarlo. Si no, no los vamos a tener”, declaró Rubio en el programa Al Punto, de Univisión.

Ahora el mensaje central de algunos es que el proyecto S.744, con todos sus mecanismos de seguridad –fronteriza, al interior del país y en centros de trabajo, con un obligatorio sistema de verificación de identidad de empleados, y con una vía a la ciudadanía de más de 13 años que semeja más una carrera de obstáculos–, no será aprobado en la Cámara Baja en su forma actual y, por ende, hay que hacerlo todavía más restrictivo.

Esto, claro está, arriesga el delicado balance bipartidista del proyecto y pone en peligro votos demócratas.

Lo triste es que algunos demócratas afanados por lograr más de los 60 votos requeridos para aprobar un proyecto en el Senado a fin de enviar, afirman, un mensaje a los republicanos de la Cámara Baja, parecen inclinados a seguir el juego de algunas figuras republicanas de endurecer todavía más el proyecto de reforma para ganar adeptos conservadores.

¿Ya les ganó el frío olímpico y olvidan que son mayoría?

En la Cámara de Representantes, por otra parte, no se sabe ni qué hora es. Su presidente, John Boehner, enfrenta un caucus republicano severamente dividido entre un bando anti-reforma que es mayoritario, y un bando pro reforma, que es minoría y que, para colmo, no favorece el plan del Senado.

En lo que todos estos republicanos coinciden es que quieren que la Cámara Baja considere su propio plan y no el que envíe el Senado en julio.

El Grupo de los Ocho de la Cámara Baja, que es ahora de Siete, con la salida del republicano de Idaho, Raúl Labrador, por diferencias en torno al lenguaje legislativo, lleva semanas amenazando con presentar su versión y cuando escribo todavía no la había presentado. Y si lo hace, se anticipa que el proyecto sea más severo que la versión senatorial.

Esa posibilidad ha generado a su vez roces entre el caucus demócrata porque algunos favorecen que la Cámara Baja debata la versión que envíe el Senado por temor a que la medida cameral sea demasiado punitiva.

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