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“Es hermosa!”, dice Diego Maradona, exultante, mago, dueño. “Me la quiero llevar a casa”, anota, justo en la antesala de los Premios The Best de la FIFA. “Es lo más lindo que te puede pasar como jugador de fútbol. Saber cuánto pesa la Copa del Mundo. Tenerla en tus manos. Somos miles y miles de jugadores y yo fui un privilegiado de saber cuánto pesa esa Copa. Y la verdad que le agradezco a Dios por haberme hecho futbolista”, expresa Maradona.

La Copa del Mundo -en la versión de su trofeo actual- pesa poco más de seis kilos (cinco de ellos de oro puro) y tiene una particularidad que la hace aún más atractiva: no es para cualquiera. La condición de supercrack o de figura de una era no garantiza alzarla.

Lo cuenta la historia.

Basta con mencionar a dos de los argentinos más destacados de todos los tiempos para entender la dificultad de aparecer en esa imagen imperecedera que cuenta a los campeones para siempre. Alfredo Di Stéfano, refundador e icono del Real Madrid y de Millonarios de Bogotá; y Lionel Messi, quizá el mejor jugador de la historia a nivel de clubes, con su Barcelona para siempre.

Pero hay más entre muchos brillantes argentinos que construyeron su gloria ajenos a esa escena y a ese trofeo:

Guillermo Stábile, goleador de Huracán, ganó el primer Botín de Oro de la Historia. Ocho tantos en cuatro partidos en Uruguay 1930.

En ese camino también hubo figuras negadas en la máxima cita: como el vasco Isidro Lángara (goleador viajero; crack de San Lorenzo), como Telmo Zarra (quizá el mejor cabeceador de la historia según cuentan sus biógrafos), como Tucho Méndez (el máximo anotador de la historia de la Copa América junto a otro gigante, el brasileño Zizinho, MVP del Mundial de 1950 para la FIFA), como Matthias Sindelar, el mejor austríaco de la historia, El Mozart del Fútbol.

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