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ESCRIBE DANIEL SHOER ROTH
DSHOER@ELNUEVOHERALD.COM

Como apunta el título de su autobiografía, Marco Rubio es “Un hijo americano”.

Nacido en Miami de tenaces inmigrantes cubanos, un barman y una mucama de hotel, el apuesto senador de 41 años enfrentó desde la niñez el reto de vivir bajo dos culturas heterogéneas. Aprendió a triunfar sin el respaldo de una red de amigos y familiares con buenas conexiones. Saboreó la amarga desazón del estigma que pesa sobre los inmigrantes por su raza, cultura o idioma.

Su trayectoria al pináculo de Washington engalana los logros del exilio cubano, protagonista de una descollante historia de éxito entre los inmigrantes en Estados Unidos. Lógicamente, una de las piedras angulares del discurso político de Rubio ha sido su testimonio, cosecha del Sueño Americano de sus padres, Mario y  Oriales.

Algunos episodios de su historia familiar, sin embargo, han sido cuestionados. Inclusive él ha reconocido leves discrepancias biográficas que atribuye al relato oral de los hechos y vagos recuerdos de sus padres, quienes emigraron principalmente por razones económicas, en 1956, y no huyeron del comunismo instaurado por Fidel Castro, como Rubio solía afirmar.

Otro gran interrogante se refiere a la condición migratoria de su abuelo materno, Pedro Vicente García, cuyas tribulaciones tal vez se asemejan más a la experiencia de los inmigrantes latinoamericanos que a la de los exiliados cubanos.

Los pormenores del caso no son claros: al parecer, en 1962, un funcionario de inmigración ordenó que fuera deportado de Estados Unidos, no obstante, desafió el dictamen y permaneció indocumentado hasta que logró obtener la residencia cuatro años después.

Estos detalles biográficos no restan mérito a Rubio ni cambian la esencia de su historia familiar, que es factual. Pero me gustaría creer que la versión más amplia de sus orígenes, quizás nueva para él, contribuyó a su cambio de perspectiva en la reforma de inmigración, más que el oportunismo político del cual es acusado por un sector del movimiento conservador que lo impulsó al prominente sitial que ocupa en la vida nacional.

En días recientes, ha sido blanco de vehementes críticas de miembros de Tea Party por capitanear un esfuerzo bipartidista que aspira a pavimentar un camino viable para que los inmigrantes ávidos por contribuir al país con su ambición, fuerza de voluntad y destrezas puedan hacerlo, así como para que 11 millones de indocumentados legalicen su condición migratoria y eventualmente sean candidatos a la residencia.

La reforma propuesta reforzaría la seguridad fronteriza, crearía un sistema de verificación para que las compañías no contraten trabajadores no autorizados, concedería más visados a trabajadores agrícolas estacionales y profesionales extranjeros altamente capacitados, y delinearía un enfoque más compasivo para tramitar a los dreamers

traídos a Estados Unidos en la infancia. El senador cubanoamericano aclaró que no se trata de una amnistía, porque los indocumentados deberán admitir mal accionar, someterse a una revisión de antecedentes, pagar multas, aprender inglés y cumplir obligaciones de servicio comunitario.

Es comprensible que a Rubio lo tilden de farsante, pues no hace tanto que, para cotejar al ala conservadora del Partido Republicano en su contienda por el senado federal, adoptó una postura de mano dura contra la inmigración ilegal diametralmente opuesta a la que pregona estos días, y respaldó la polémica ley de inmigración en Arizona.

En su campaña, se refería a los sin papeles como “extranjeros ilegales”, término jurídico que para algunos activistas es ofensivo; en cambio ahora los llama “seres humanos”, al subrayar que “han venido aquí en busca de lo que todos nosotros reconoceríamos como el Sueño Americano”.

No hay duda que detrás de este cambio de rumbo ideológico también yace la necesidad de adaptarse a un nuevo tejido social más diverso étnicamente que resultó en la reelección del presidente Barack Obama.

Por su juventud y experiencia de vida, Rubio sabe mover el timón según soplan los vientos. Cuando fue presidente de la Cámara de Representantes de la Florida, bloqueó varios proyectos de ley para controlar la inmigración ilegal, entre estos uno que contemplaba exigir prueba de ciudadanía para recibir beneficios del gobierno, y otro que exhortaba a la policía a entregar a sospechosos de ser indocumentados.

Después de todo, Rubio ha vivido rodeado de inmigrantes. “Mis vecinos son inmigrantes. Mi familia es inmigrante. Mi esposa es de familia de inmigrantes. Veo inmigración cada día. Veo lo bueno de la inmigración”, aseveró durante una rueda de prensa la semana pasada al anunciar el plan bipartidista para la reforma.

Parece que las conversaciones con su abuelo –proveniente de una familia de agricultores en Cuba– sobre historia, política y béisbol, entre caladas de buenos puros Padrón, han renacido de la memoria.

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