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Miedo a la Reforma Migratoria

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Por Daniel Morcate

Les dieron la excusa que anhelaban. Los enemigos de la reforma migratoria recorren Washington para exigir que se paralice a la luz de los atentados terroristas de Boston perpetrados por dos inmigrantes de origen checheno.

Lo exige el influyente senador republicano de Iowa, Charles Grassley, quien asegura que cualquier iniciativa de cambio a la ley de inmigración debería responder primero y de manera definitiva a la pregunta: “¿Cómo pueden ciertas personas evadir a las autoridades y planear semejantes ataques en nuestro suelo?”

Y al parecer se lo exigieron al senador Marco Rubio comentaristas radiales conservadores a quienes en vano les pidió apoyo a la reforma en la capital el pasado fin de semana.

Son indicios claros de que el camino hacia la reforma será más escarpado de lo que ya era. Y que sus proponentes, demócratas y republicanos, necesitarán aún más valentía y audacia de la que ya han demostrado en su defensa.

Los adversarios de la reforma concretamente alegan que legalizar a millones y aumentar el número de visas permanentes para extranjeros agravaría la amenaza a nuestra seguridad nacional al facilitar el ingreso y la permanencia en el país de terroristas potenciales disfrazados de inmigrantes.

Es lo que, en esencia, argumentó el senador Grassley cuando la propuesta de la Banda de los 8 llegó al Senado hace unos días.

Pero lo cierto es que tanto esa propuesta como la que contemplan ocho representantes sacaría de las sombras a los indocumentados e ingresaría sus nombres e identidades a un registro nacional.

Aquellos que tengan serios antecedentes penales quedarían excluidos de la legalización y enfrentarían la deportación. En conjunto, estas dos condiciones contribuirían más a garantizar nuestra seguridad nacional que el dejar a los indocumentados en las tinieblas.

Las salvajadas de Boston deberían servir para hacer ajustes y cerrar brechas de seguridad en una eventual reforma migratoria.

Una investigación exhaustiva de los crímenes que perpetraron los dos terroristas podría arrojar datos precisos sobre la existencia de tales brechas.

Pero esos crímenes brutales no hacen menos necesarios los cambios humanistas y prácticos a nuestro descarriado sistema migratorio, el cual divide dolorosamente a muchas familias, margina a millones de personas de la economía nacional e impide el ingreso ordenado al país de trabajadores que necesitan sectores tan diversos como el agrícola y el de la tecnología de punta.

Hay una coincidencia ominosa entre el timing de los atentados de Boston y el de los del 9-11, los cuales descarrilaron la reforma migratoria que en ciernes traía en su agenda el entonces recién electo presidente George W. Bush.

De hecho, aquellos ataques frustraron casi todo el programa de “conservadurismo compasivo” con el que Bush había hecho campaña.

El miedo se impuso entonces.

Y algunos lo invocan ahora para derrotar la reforma de nueva cuenta. Es una vieja estrategia que han usado siempre los enemigos de la inmigración. Hace un lustro, mientras justificaba su feroz persecución a los inmigrantes, la gobernadora republicana de Arizona, Jean Brewer, “vio” cuerpos decapitados en el desierto de Arizona, un conveniente espejismo que nunca se ocupó de demostrar.

Hoy, el también republicano representante de Texas, Louie Gohmert, denuncia sin pruebas que terroristas islámicos se están camuflando como hispanos para infiltrarse desde México. El delirio está servido con la ayuda criminal e inoportuna de los asesinos de Boston.

Pero el miedo y la paranoia no deberían guiar la discusión sobre la reforma o sobre cualquier otro aspecto de nuestra política doméstica o internacional.

Por el contrario. Nuestros líderes deberían reconocer la oportunidad excepcional de fortalecer la seguridad nacional incluyendo en los planes migratorios medidas concretas que permitan examinar, uno por uno, a todos los que han ingresado a Estados Unidos legal o ilegalmente y cerciorarse de que son personas que han venido a trabajar, estudiar o reunificarse con familiares cercanos que ya viven como miembros provechosos de nuestra sociedad.

Mantener a 11 millones de indocumentados en las sombras, advierten los senadores republicanos John McCain y Lindsey Graham, “dejaría a nuestra nación vulnerable a una miríada de amenazas”.

Ignorar su advertencia sería una temeridad que reemplazaría con histeria los pacientes esfuerzos por mejorar un sistema migratorio que anda ostensiblemente al garete.

www.twitter.com/dmorca

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