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Cada ser humano, desde su más tierna edad, necesita crecer a su propio ritmo, con sus características propias y sus valores. Necesita valoración, respeto, reconocimiento, aceptación, compañía cariñosa y respaldo.

¿Los niños que huyen de la violencia y la pobreza de Centro América tienen esos estímulos para crecer física, mental y espiritualmente?. Esta vida que les tocó les está robando la ilusión y la fantasía de la infancia. Su juguete es el peligro. No lloran por llamar la atención sino por un dolor profundo que no alcanzan a comprender.

Huyendo de las pandillas, las amenazas, los abusos y violaciones se encuentran con un sistema que los rechaza, los expulsa, los desconoce como seres similares de alma, corazón, carne y hueso.

Esos infantes que salieron de su tierra -sin tiempo de quererla como patria- viajaron más de 15 días en incómodos vehículos, incluyendo “la bestia”, un ferrocarril de carga que los trajo como paquetes. Algunos tuvieron que treparse al techo, inventando un equilibrio que les salvara la vida.

En este éxodo los niños aprendieron más que en la lectura de novelas o películas del oeste. Aprendieron a levantarse después de las caidas, a perdonar las ofensas y humillaciones, a ver la discriminación en carne propia, a sentir el dolor sin anestesia.

La aflicción mental, el desconsuelo y la herida oculta son traumas difíciles de borrar.  El potencial de estos niños se frena con el desprecio y la falta de una atención básica.

El sistema de los Estados Unidos no estaba prevenido con suficientes terapeutas biculturales. No es suficiente conocer el otro idioma sino comprender el comportamiento y la actitud de personas que vienen sin el más mínimo recurso.

Le huyen a las pandillas y la violencia, pero aqui encuentran el desamor.

Esperemos que los códigos sean más flexibles y que el corazón de cada juez sea más cálido y comprensivo.

Que la ley y la justicia les tiendan la mano.

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