SHARE

Sin presumir de jueces ante el impresionante informe de que la CIA practicó las más inhumanas torturas  a sospechosos de terrorismo, digamos que la tortura ha existido toda la vida, no solamente en las cárceles.

La historia cristiana nos recuerda el doloroso ascenso de Jesús al Monte Calvario, atravesando la calle de la amargura en medio de insultos, latigazos, caídas, pedradas  y violencia  contra su cuerpo.

Los campos nazis de concentración fueron escenario de las más crueles torturas. Toda la historia está plagada de humillaciones contra personas indefensas, atadas, amordazadas, silenciadas y enceguecidas con vendajes.

Pero existen otras torturas que comienzan en el hogar y se extienden a los sitios de estudio y trabajo. Hay quienes torturan con palabras hirientes, con miradas despectivas y con actitudes de desprecio. Esa tortura, para muchos comienza desde el amanecer y se repite a la hora del descanso nocturno.

En el campo laboral, los compañeros que “mueven el piso o corren la silla” para desprestigiar y crear una mala imagen y apropiarse del espacio ajeno. Los gritos de los jefes o capataces. Son formas de  tortura sicológica.

Más que los golpes físicos, las ideas y acciones de odio contaminan el ambiente familiar, empresarial y académico.

Programar el pensamiento hacia lo positivo, hacer una programación linguística  con palabras amables, activar la comprensión y la empatía, entendiendo la posición ajena, nos ayudan a cultivar la paz mental.

Cambiar el rechazo por la aceptación, sin tener que cobrar “ojo por ojo y diente por diente”, hará la vida más amable y sin dolores.

A veces la peor tortura es nuestro propio pensamiento. Salgamos de ese encarcelamiento mental y rompamos las cadenas.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here