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La vigilancia y el espionaje  son familiares.

Las cámaras callejeras han salvado vidas y han descubierto crímenes. Los sistemas audiovisuales en los edificios han  servido para detectar incendios y para socorrer a niños y ancianos en  dificultades. También han contribuido a encontrar municiones y armamentos ocultos.

En una palabra, los adelantos técnicos han sido positivos para proteger a la humanidad.

Por otro lado, la vigilancia secreta no autorizado ha llegado al terreno del espionaje y la violación de la privacidad.

La publicación de secretos de Estado puede desestabilizar las relaciones internacionales de las grandes potencias. Asimismo, el descubrimiento de fórmulas y datos sobre un producto comercial puede poner en peligro la comercialización de una marca.

La ciencia puede ser afectada por la “filtración” informática.

La discusión mundial está centrada hoy en los efectos dañinos que puede producir una información no autorizada.

El espionaje nunca ha sido aplaudido ni en la política, la ciencia, la industria ni en el gobierno.

Contrario al tema del espionaje está la libertad de expresión. Es difícil conocer el límite entre esa libertad y el delito de publicar datos sin permiso.

Cada entidad, comenzando por la familia, tiene su “información secreta” que no le conviene divulgar.

A propósito, un sondeo reciente de Gallup indicó que los consultados dijeron que los firmantes de la Declaración de Independencia  se sentirían decepcionados por el rumbo que tomó el país. ¿Qué pensarían hoy John Adams, Benjamin Franklin y Thomas Jefferson?

Es interesante observar con respeto lo que ocurre en el escenario mundial.

“Quien nada tiene que  ocultar, nada teme”

Expresar algo o guardar y ocultar algo son  formas diferentes  de libre expresión.

Sigamos aprovechando los adelantos tecnológicos, respetando el secreto ajeno.

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