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Por Máximo Torres (Periodista peruano – Desde Moscú)

Se cierra el telón, el Mundial Rusia 2018 llega a su fin y si algún título o Copa tendrían que darle al Perú, sería el de las barras, por nuestra ruidosa participación, por nuestro folklore, por nuestra alegría, por nuestra música. La FIFA debería instituirlo. El Perú fue lo más grande en Moscú, en la Plaza Roja, en los estadios donde no cabían más peruanos y de donde los gritos, vítores y aplausos salieron de lo más hondo de nuestros corazones para retumbar graderías y despertar a nuestros vecinos con esa canción que nos identifica “Y me llaman Perú, con P de Patria…”.

En la pequeña Saransk, en la fría Ekaterimburgo y en Sochi, bañada por el mar negro, las tres sedes del seleccionado peruano, los gritos de “Cómo no te voy a querer Perú” contagiaron a medio mundo que hasta los rusos lo repetían. Los peruanos estuvimos más unidos que nunca. Con la blanquirroja que nos saltaba del pecho.

El entusiasmo lo teníamos al tope cuando en nuestro partido de debut todo Perú lloró con alma, corazón y vida cuando Cueva, nuestro amado cuevita, nos enterró en su cueva al fallar ese penal q nos pudo llevar a la gloria, que le pudo cambiar la historia al Perú. Pero no tiramos la esponja, seguimos gritando Perú.

Sin embargo, ese fue el comienzo del fin, la primera de las dos derrotas con sabor a mala fortuna, porque eso es lo que tuvo Perú mala suerte para seguir avanzando. Con Francia, nuestro rival de mayor nivel y preocupación, perdimos 1-0. Y nos fuimos del Mundial con una victoria de 2-0 en Sochi.

Lo importante, lo trascendente es que más de 50,000 peruanos llegaron a Rusia para apoyar a su selección. Muchas familias se reencontraron en Moscú, otras ni se vieron, en mi caso no me vi con mi primo Ricardo Garcia ni con Eduardo Toledo que llego con su hija que vive en Estados Unidos para ver los partidos de Perú. 

El médico Gerald Yanayaco se reencontró con sus sobrinos Andrew y Daniel después de 6 años. Las expresiones de felicidad, de satisfacción de ver al ser querido en una nación tan lejada saltaban a la vista.

La barra peruana, muchos de ellos vestidos con sus trajes típicos, causó la más grata impresión, en cualquier parte, no había un peruano con la camiseta que identificara nuestros calores y su bandera.

Y lo que más sorprendió al fanático de otros países es que los peruanos no se arrebataron, no abuchearon a su selección. El aliento, el apoyo que le dieron nunca se perdió.

Ni de México 70 recuerdo a un Perú tan unido, tan identificado con sus colores patrios. Ni el terremoto de ese año nos movió a ser tan solidarios. Al menos no lo recuerdo. No recuerdo a un Perú tan contagiado por sus emociones mundialistas ni en el 78 ni en el 82 que fue nuestra última participación a un Mundial en España como lo he vivido este año 2018 en Perú, Estados Unidos y en Rusia.

Treinta y seis años sin ir a un Mundial nos despertó, nos desenterró.

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