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Por Rosa Townsend

Con el acuerdo-marco para que Siria entregue las armas químicas Obama ha salvado la cara temporalmente, Putin se ha encumbrado como líder internacional y Assad ha quedado absuelto de 100,000 muertes con armas convencionales. Atrás queda la línea roja; ahora el carnicero de Damasco tiene luz verde para seguir matando con balas.

Eso explica el triunfalismo del régimen sirio, expresado por boca de uno de sus ministros, Ali Haidar: “Estos acuerdos se deben al liderazgo de nuestros amigos rusos. Es una gran victoria para Siria”.

Sin duda lo es, tanto para ellos como para su patrón y proveedor de armas, Vladimir “macho-botox” Putin.

Todo lo que tiene que hacer Assad, respaldado por Vlad, es comprar tiempo aduciendo –por ejemplo– “dificultades logísticas” para ubicar o mover el arsenal en medio del conflicto civil.

Porque el acuerdo de Ginebra por increíble que parezca no penaliza el incumplimiento, sólo establece que el caso se “referiría” al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde Moscú ha advertido de entrada que vetaría cualquier represalia militar.

¿Entonces, qué ha ganado EEUU con toda esta pirueta diplomática orquestada desde el Kremlin? Nada, salvo dar la impresión de que han logrado algo. Y posponer la crisis a la espera de un milagro.

Si el caso acaba en Naciones Unidas, lo cual es altamente probable, Obama se vería en la tesitura de tener que ejecutar en solitario su bravuconada de que “el uso de fuerza sigue en pie”.

A riesgo de que si esta vez no lo hiciera perdería el poco prestigio que le queda (nos queda) tras su errática política y obvia falta de visión estratégica para Siria y todo Oriente Medio.

Putin en cambio sí tiene una ambiciosa visión estratégica para Oriente Medio: crear un eje Rusia-Siria-Irán-Hezbolá, de corte mayoritariamente chiita, que haga frente al tambaleante eje proamericano de los árabes sunitas del Golfo, Jordania, parte del Magreb y Turquía.

Con el petróleo como telón de fondo y el dominio de la región como objetivo.

Esos son los hilos que se mueven tras la fachada retórica del acuerdo. Siria es en realidad el campo de batalla de un complejo entramado de intereses y guerras paralelas ( proxy wars). Para Occidente, dejar a Assad en el poder es –por el momento– más conveniente para todos que un incierto reemplazo islamista. Incluso barajan una tercera opción, bastante cruel, y es “que siga la hemorragia [entre Assad y los rebeldes], que se desangren hasta morir”, según ha declarado un diplomático a The New York Times.

En este espeluznante juego geopolítico por el dominio de Oriente Medio, la proyección de fuerza y solidez es lo que cuenta. De solidez y de confiabilidad.

Obama no ha proyectado ninguna de las dos, como han reconocido estos días hasta sus más ardientes admiradores. Los aliados desconfían de que les pueda dejar tirados a mitad de camino o cambie de idea, y los enemigos no le temen.

Y aún peor, ha aguantado las humillaciones del zar de Moscú (con Snowden y otros asuntos) y encima le ha delegado la política exterior de Estados Unidos en Oriente Medio. ¿Qué le pasa? ¿Padece del Síndrome de Estocolmo?

Únicamente hay dos posibles respuestas: o sufre del síndrome o es un neo-maquiavelista. Como diría el papa Francisco, no soy quien para juzgar, pero los hechos están a la vista del mundo entero.

Barack aparentemente no se ha dado cuenta de que su íntimo enemigo Vladimir le ha arrastrado a la Ruleta Rusa y él sigue moviendo fichas como si estuviera en su tablero de Monopoly.

¡A dónde hemos llegado! Putin de árbitro internacional y custodio de armas de destrucción masiva.

~Rosa Townsend es periodista y analista política internacional.

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