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Por Dora Amador

Un día de otoño del año 1205 el joven Francisco paseaba por los alrededores de Asís cuando vio la antigua iglesia de San Damián, ahora en ruinas.

En lugar de seguir de largo Francisco decidió entrar para rezar ante el crucifijo que aún quedaba sobre el altar. Estando arrodillado en aquel lugar considerado sagrado para todos los peregrinos que hemos ido allí a rezar también, empezó a llorar movido por un estado de consolación que le invadía todo su ser.

Francisco miraba a Jesús que le empezó a hablar desde la cruz: “Francisco, ¿no ves que mi casa de derrumba? Reconstruye mi Iglesia, que se viene abajo”.

Esta historia verídica es una de las revelaciones de Dios más claras y comprobables que tiene la Iglesia católica sobre su iluminadora y muchas veces oscura historia de corrupción y amenazas externas e internas que sufre el Cuerpo Místico de Cristo.

Francisco tomó las palabras que escuchó al pie de la letra, y sin demora buscó ladrillos y todo lo necesario para reconstruir aquella iglesita que, en efecto, estaba por caerse.

¡Ay! Pero el mensaje de Dios era otro: le estaba encomendando a Francisco que reconstruyera la Iglesia católica, que se venía abajo por la corrupción y el ansia de poder dentro de la Curia, los escándalos y los pecados internos.

800 años después, sabemos que San Francisco lo supo hacer muy bien con la gracia de Dios, volviendo al evangelio y “casándose” con la “dama pobreza”.

Hoy la orden franciscana es, después de la jesuita, la más numerosa en el mundo, con más de 20,000 religiosos cada una en todo el mundo.

El miércoles 13 de marzo  se me pareció mucho a aquel lejano día en que mi amado Francisco de rodillas escuchó la voz de Dios.

Porque el Señor nos ha hablado de nuevo a través de su elección del cardenal Jorge María Bergoglio como Sumo Pontífice de la Iglesia católica.

Sabemos quién es el hasta el miércoles  Arzobispo de Buenos Aires, que ocupando tan alto y distinguido rango, abandonó la casa arzobispal y se mudó para un modesto apartamento en el cual él mismo se hace la comida y en vez de manejar un lujoso automóvil prefiere moverse por la ciudad en autobús.

Es el hombre que también se ha ocupado siempre de los más pobres, y se sabe que celebra misas para los llamados “cartoneros”, indigentes que buscan entre los basureros metales, botellas y cartones para venderlos y sobrevivir.

Pero la biografía del nuevo Papa la podrán encontrar en la prensa.

Por eso prefiero no detenerme en los aspectos más conocidos de ella. Sabemos la necesidad de oraciones que tiene, e  insto a los lectores católicos a que no dejen de hacerlo, porque los desafíos con que se encuentra de inmediato son harto grandes, complicados y urgentes:

La renovación de la Curia, el papel de laicos y mujeres dentro de la Iglesia, la nueva evangelización, la colegialidad en el desempeño del gobierno eclesial, el ecumenismo, el diálogo con el Islam, el judaísmo y los alejados, la lucha contra la pederastia, la transparencia ante los escándalos, para mencionar algunos de los más inmediatos.

Eso sí, como cubana que conoce muy bien las heridas y el dolor del exilio, pero también y no menos cercanamente, la represión, los asesinatos, la desaparición de disidentes, la falta de libertad, la ruina que es mi país por culpa del totalitarismo marxista en el poder hace más de 50 años, me siento muy feliz de que Bergoglio sea hoy papa.

Es el hombre que siendo provincial de la Compañía de Jesús en Argentina, cuando lo peor de la Teología de la Liberación estaba en su momento cumbre, y los montoneros y otros grupos guerrilleros argentinos entrenados y mantenidos por el régimen castrista, supo arraigar de nuevo la espiritualidad ignaciana en muchos de sus sacerdotes, amenazada, como la Palabra de Jesucristo en su alma, con la retórica de la violencia como arma necesaria para “gloriosamente” unir evangelio y marxismo.

Hombre de oración, de honda espiritualidad y humildad, como dejó demostrado cuando salió al balcón a saludar a la multitud en la Plaza de San Pedro, a quien le pidió que lo bendijeran ellos a él.

Hoy pienso en las calumnias que ya empiezan a caer sobre el Papa, que si es de derecha, que si colaboró con la dictadura de Jorge Videla, pero los que leemos y sabemos de esa oscura época latinoamericana promovida por el diabólico gobierno que rige mi país, no nos llamamos a engaños.

Bergoglio no es ni liberal ni conservador, es cristiano hasta lo más hondo de su ser.

Dios sabe si entre las muchas obras de caridad que realizó –como esconder a muchachos de izquierda cuya vida peligraba bajo la bota ultraderechista y asesina de Videla– ayudó a salvar a Argentina de los horrores del comunismo ateo.

www.palabracubana.org

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