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No es envidiable tan alta posición para tomar decisiones tan profundas que tienen qué ver con todos.

Después de sus vacaciones en Massachusetts, el presidente Barack Obama regresó a su escritorio en Washington, donde encontró su agenda repleta de iniciativas por concluir.

La quebrantada economía, la cuantiosa deuda con China, la ley de cuidados de salud conocida como Obama Care, las relaciones internacionales y la reforma migratoria son suficientes para mantenerle la mente ocupada las 24 horas del día.

El presidente está en la mitad de una decisión histórica: el voto para atacar a Syria es considerado como una acción guerrera, contraria a sus promesas de paz. Pero el voto por un arreglo diplomático, sin atacar, lo toman sus opositores como un acto de cobardía.

Todo movimiento político tiene su más y su menos.

La gran comunidad hispana, la minoría de mayor crecimiento, guarda la esperanza en unas decisiones inteligentes, porque todos los temas tocan con el bienestar familiar.

Ya sabíamos que la reforma migratoria sería postergada mientras se resuelve el conflicto en Damasco. Parece que no es una prioridad para los legisladores. Para los inmigrantes es una primera necesidad.

Seguimos confiando en las buenas intenciones, en las promesas todavía no cumplidas, en las decisiones acertadas.

Es un momento difícil para el mandatario: si cumple con la reforma migratoria pasará a la historia como un redentor de millones de familias. Si no la firma, lo recordarán como el presidente más “deportador” de todos los tiempos.

Le sobra energía, juventud, apoyo de su familia, elocuencia y deseos de servir.

Al tiempo que le deseamos lo mejor en tan difíciles circunstancias, repetimos el interrogante: ¿Quién quiere ser presidente?

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