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Realmente, echarle la culpa a alguien no es una solución. Debemos enfrentar esta situación para salvar a nuestros niños y  adolescentes del demonio mortal de la droga.

La organización  “The Partnership at Drugfree.org”  hizo un estudio en el cual señala que los hispanos consumen más narcóticos que los afroamericanos y los blancos.

Los padres son más permisivos. Consideran que los afectados son los demás, no sus familiares.

Además de mayor consumo de marihuana, éxtasis y cocaína, el abuso de los medicamentos con receta como la oxicodona o la vicodina ha aumentado entre adolescentes hispanos en los últimos dos años.

El licor y el cigarrillo son el comienzo de la drogadicción. De las pastillas recetadas –si no las consiguen- los jóvenes pasan a la heroína que es más barata y la ofrecen en la esquina.

Todo nace en el hogar. Los jóvenes –incluyendo a las niñas- se ven atacados por la soledad. Papá y mamá salen desde las 6 de la mañana y regresan a las 11 de la noche, cuando los estudiantes duermen.

El fin de semana lo dedican a comprar alimentos, lavar la ropa y revisar el carro. Hace falta más presencia afectiva, más demostración de amor, más calor humano.

En la carrera de persecución por el dólar, se queda atrás lo más importante: la salud mental de los muchachos.

Conversar más, salir juntos, escucharse mutuamente, cambiar el regaño o el rechazo por buenas recomendaciones, animar, estimular y reconocer valores y cualidades, hará que la casa sea verdaderamente un hogar.

Seleccionar los amigos es vital para evitar la presencia diabólica de los estupefacientes. A veces el consejo callejero es más atendido, cuando hay ausencia de los padres.

La solución está en la familia.

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