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Por, Maribel Hastings

El zafarrancho presupuestario en víspera de año electoral reafirma lo ya sabido sobre el Congreso: la politiquería electorera define cada movimiento para apelar a las bases y dar la percepción de que se está haciendo algo cuando en realidad no se está haciendo nada. Los legisladores que no legislan.

6-articulistaMientras arde la batalla presupuestaria, el tema migratorio sigue tratando de asomar el rostro en circunstancias similares. Legisladores que simulan que hacen algo y, si no hay progreso, responden que cuando menos lo intentaron; y un Partido Republicano a merced de los deseos del Tea Party y paralizado por una guerra interna de poderes y posturas.

En el caso de la inmigración, esa guerra interna se da entre una mayoría empeñada en no hacer nada que conceda una vía a la ciudadanía para millones de indocumentados; otros que sólo desean una vía a la legalización pero que no conceda una vía especial, sino que los indocumentados aspiren a la ciudadanía con base en mecanismos existentes (aunque en la práctica no existan); y otros (los menos) que entienden los beneficios económicos, humanitarios y políticos de una reforma con vía a la ciudadanía.

De otra parte, están los demócratas que ante la intransigencia republicana de negarse a debatir el plan del Senado y no producir un proyecto con vía a la ciudadanía, están próximos a presentar un proyecto de ley con los mismos lineamientos del Senado, pero con lenguaje diferente sobre seguridad fronteriza. ¿Avanzará este proyecto?

La estrategia obviamente es evitar que el tema muera, poniendo sobre la mesa una medida que pueda movilizar el proceso y permitir una negociación con los republicanos.

Los demócratas, sin embargo, tampoco son ajenos a la política del “casi se pudo”. Durante los pasados años han sido varias las instancias en las cuales pudieron presentar medidas de reforma migratoria que postergaron con la excusa de turno, y en ocasiones presentaron medidas que sabían que no tenían tiempo ni posibilidades de abordar, pero dando la percepción de que estaban tratando.

Esta vez, sin embargo, es diferente y también para los demócratas la reforma debería tener un sentido de urgencia. Contrario a oportunidades previas, éstos no tenían sobre sus hombros el récord de deportaciones de la administración de Barack Obama, una piedra en el zapato bastante difícil de sacudir.

Además, está en juego el legado del presidente Obama, que ganó la elección de 2008 con una promesa de reforma y obtuvo la reelección asegurando que en un segundo periodo la concretaría. Es cierto que la Casa Blanca no legisla, pero parece que esta vez está más dispuesta a presionar al Congreso, pues según la publicación Politico, planifica una oleada de presión por la reforma migratoria este otoño.

Con todo, los demócratas de la Cámara Baja tienen que tomar nota. Ciertamente el récord migratorio del Partido Republicano es tan nefasto y su imagen ante el votante latino está tan dañada, que los demócratas podrían pensar que no tienen que mover un dedo y que si la reforma no progresa, toda la culpa recaerá sobre los republicanos.

¿Insistirá el presidente cameral, John Boehner, en aplicar la extraoficial Regla Hastert de sólo llevar al pleno medidas que tengan el apoyo de una mayoría de la mayoría republicana? Si así fuera, ¿conseguirán los proponentes esos 118 votos republicanos? ¿Se aplicará la simple mayoría? ¿Qué harán los demócratas si al final los republicanos pestañean y deciden invitarlos a la pista de baile? ¿Bailarán o seguirán culpando a los republicanos por la inacción?

En la Cámara Baja del “casi se pudo” cualquier cosa puede suceder.

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