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Riesgos de una irrestricta inmigración

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Estados Unidos debe su sello y su carácter a la idiosincrasia anglosajona

ESCRIBE VICENTE ECHERRI

La nueva propuesta de una reforma migratoria ha sido encomiada –con diferentes grados de entusiasmo– por todos los medios de prensa en español. Columnistas y comentaristas la traducen, en términos generales, como un triunfo personal. Esta reforma que, en principio, afectaría por igual a coreanos que a rusos, a egipcios que a angoleños, tiene para muchos un rostro latinoamericano, sin duda por el número significativamente mayor de inmigrantes que proceden de nuestras tierras –legal e ilegalmente. Algunos, desde esta misma página, han llegado a celebrar que la creciente inmigración “latina” –como suelen decir impropiamente– terminará por cambiar el perfil poblacional y el rostro de Estados Unidos en el término de una o dos generaciones.

Quizá esta perspectiva pueda alegrar a otros, a mí ciertamente no me alegra. Creo que Estados Unidos, si bien es cierto que es una nación que se ha formado con inmigrantes de todas partes, debe su sello y su carácter a la idiosincrasia anglosajona de la que provienen el estricto apego a la ley, el pragmatismo y la ética protestante del trabajo. Los inmigrantes podían ser católicos, ortodoxos o budistas y de todas las razas, pero el crisol donde se fundían, el tan mentado melting pot, era de factura anglosajona. Los que llegaban entraban por el aro, como los tigres amaestrados del circo. Aunque hubiera focos de ilegalidad, como los enclaves de la mafia italiana que tanto hemos visto en el cine, Estados Unidos tenía una fisonomía reconocible que era parte esencial de su pujanza y de su éxito.

La desbordada inmigración de los últimos años, sobre todo la proveniente de nuestros países de origen, ha logrado paralizar ese crisol, al extremo de que la fusión ya es mal vista por algunos y hasta al concepto mismo le cuelga el sambenito de la impropiedad política. El melting pot es una definición reaccionaria –arguyen ciertos activistas– porque anula o desfigura los aportes de los que ingresan al país, una especie de castración o mutilación cultural; lo que ahora impera es el salad bowl, el abigarramiento repleto de exótico colorido en el que nadie pierde su carácter, excepto la sociedad, la nación misma. A mí no me simpatiza este muestrario.

La reforma migratoria que ahora mismo ha empezado a gestarse –en respuesta sin duda a una necesidad pública, pero sobre todo en procura de un respaldo electoral– o cualquiera que pueda llegar a legislarse mañana no puede evadir un problema moral de principio: ¿qué hacer con los inmigrantes ilegales, a sabiendas de que cualquier amnistía general e irrestricta –como piden muchos de los que escriben en español– sería la automática condonación de una falta, si no de un delito? El borrón y cuenta nueva a diez millones de ilegales lejos de resolver favorablemente la situación para el país, la agravaría porque, en el orden moral, equivaldría a premiar una conducta ilícita sentando un pernicioso precedente, y en el orden práctico abriría las puertas –mediante el expediente de la reunificación familiar– a otros diez o veinte millones de inmigrantes. ¡Dios no lo permita!

Para que sea eficaz, y de beneficio a toda la sociedad, la amnistía que se incluya en cualquier reforma migratoria no podría ser –creo yo– general, sino casuística, aunque se aplique con liberalidad, y tendría que ir acompañada por un control fronterizo (por tierra, mar y aire) más estricto y una política de deportaciones más expedita. No se pueden deportar a diez millones de ilegales –en eso todos estamos de acuerdo– pero sería catastrófico que se les amnistiara a todos. Partiendo de la premisa que residir en Estados Unidos –como en cualquier otro país salvo en el de nuestro nacimiento– no es un derecho, sino un privilegio, tocaría a los organismos del Estado, mediante una criba escrupulosa, determinar, en base a una lista de criterios o méritos, quien merece ser amnistiado y quien debe ser deportado, y aplicar esta política con ecuanimidad y con rigor.

De lo contrario nuestras ciudades se irán llenando cada vez más de bolsones de inasimilables, como los grandes guetos que ya existen en muchas de ellas, donde empiezan a tener arraigo algunos de los vicios y de las carencias que tan ruinosos han sido en otros países, particularmente en los de América Latina. De mantenerse la tendencia actual, el rostro de Estados Unidos, a la vuelta de dos o tres generaciones, ciertamente habría cambiado, para mal: sería reflejo fiel del tercer mundo, marcando así el fin de su excelencia y de su hegemonía.

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