Opinión: El voto que rompió el mapa y desafió al terror

Por Ciro Valiente

Hay noches electorales que cambian gobiernos, y hay otras que obligan a un país entero a mirarse al espejo. Lo ocurrido este 3 de noviembre en Estados Unidos parece pertenecer a esa segunda categoría.

Durante meses nos hicieron creer que el país estaba condenado a vivir dividido entre extremos, que las etiquetas ideológicas eran suficientes para descalificar al adversario y que el miedo, la humillación y el trato inhumano hacia nuestra comunidad latina podían normalizarse como herramientas de gobierno. Pero millones de estadounidenses acudieron a las urnas y dejaron un mensaje contundente: las palabras pueden alimentar una campaña, pero son las acciones las que terminan pasando factura.

Los resultados fueron históricos. Los demócratas recuperaron de forma contundente el control de ambas cámaras del Congreso y consiguieron victorias en territorios que durante décadas parecían políticamente inalcanzables. Sin embargo, reducir lo ocurrido a una victoria azul sería quedarse en la superficie de una elección que merece una reflexión mucho más profunda.

Ningún estado representa mejor la magnitud de este cambio que Texas. Después de más de tres décadas de dominio republicano, Gina Hinojosa derrotó al gobernador Greg Abbott y se convirtió en la primera mujer latina elegida para gobernar el estado. James Talarico también hizo historia al conseguir para los demócratas un escaño en el Senado federal que no ganaban desde 1988.

La impronta latina de esa noche bien podría resumirse en una imagen: Talarico entrando a celebrar su victoria al ritmo de Baila esta cumbia, de Selena. Una canción que representa la identidad cultural de millones de familias latinas convertida en símbolo de una transformación política histórica.

Por primera vez, los dos estados más poblados de la nación, California y Texas, tendrán simultáneamente gobernadores latinos, con Xavier Becerra y Gina Hinojosa, respectivamente.

Pero sería un error interpretar estos resultados únicamente como una cuestión de identidad. Los latinos no votamos todos igual, no pensamos todos igual y tampoco compartimos las mismas prioridades. Precisamente por eso, ningún partido puede seguir dando por sentado nuestro voto.

Una encuesta de PollsterGraph y AtlasIntel, realizada antes de las elecciones, reveló que la política migratoria, las deportaciones y el ICE encabezaban las preocupaciones electorales de los latinos consultados, con un 40,7 %, seguidas por la lucha contra la corrupción, con un 39,6 %, y los derechos reproductivos, con un 37,8 %.HWQZ RuWgAEKuxg

No debería sorprendernos. Desde enero de 2025 hemos visto cómo personas trabajadoras son sometidas a humillaciones, detenidas por su apariencia o su acento y tratadas como delincuentes, incluso cuando tienen procesos migratorios pendientes ante el propio gobierno.

Y mientras miles de familias viven con esa incertidumbre, algunos dirigentes intentan justificar sus decisiones recurriendo a las mismas etiquetas de siempre: comunistas, socialistas, radicales, enemigos de la nación, criminales, lo peor de lo peor. Como si repetirlas suficientes veces pudiera borrar las consecuencias de sus políticas.

El propio presidente Trump, que durante la campaña pidió votar como si él estuviera en la boleta, aseguró después de la derrota: «Yo no estaba en la boleta, y, si hubiera estado, ¡habríamos ganado por una victoria aplastante!». Una contradicción que refleja la incapacidad de aceptar una realidad que no encaja con la grandeza que el propio ego se empeña en construir.

Con una mentira se puede llegar muy lejos, pero también se puede caer muy rápido. Quizás una de las lecciones de esta elección sea precisamente esa. La propaganda puede ser poderosa y el miedo puede movilizar emociones, pero llega un momento en que los ciudadanos comparan las promesas con su realidad.

Ninguna etiqueta paga el supermercado; ningún insulto reduce el costo de la vivienda; ninguna mentira, por mucho que se repita, puede borrar las consecuencias de unas políticas nefastas; y ninguna campaña de miedo justifica que una persona sea tratada como delincuente por su origen o su situación migratoria.

La economía también pasó factura. Antes de las elecciones, una encuesta nacional de AtlasIntel registraba que el 58,6 % de los votantes probables desaprobaba la gestión del presidente Donald Trump y el 56 % evaluaba negativamente la situación económica del país.

La guerra de aranceles, el costo de vida, los conflictos innecesarios, incluso con aliados históricos, y las decisiones de Washington también forman parte de una discusión sobre las consecuencias de gobernar. Existe una enorme diferencia entre prometer una época dorada y conseguir que esa prosperidad llegue a los bolsillos de las familias.

Kansas fue un ejemplo de eso. Por primera vez desde 1932, el estado tendrá a un senador demócrata en Washington D.C. Se trata de Adam Hamilton, un pastor metodista centrista que sin estar en ninguno de los extremos enfocó su campaña en reducir el costo de vida y superar la polarización.

Sin embargo, los resultados no borran una preocupación que considero fundamental: la facilidad con la que una parte de nuestra sociedad sigue aceptando comportamientos que antes habríamos considerado inaceptables en una democracia.

¿Quién está realmente defendiendo la libertad cuando busca silenciar a quienes discrepan? ¿Quién respeta la institucionalidad cuando pretende utilizar el poder judicial para quitarles los derechos a los más vulnerables y castigar adversarios? ¿Y quién puede hablar de democracia mientras intenta debilitar los contrapesos que precisamente existen para limitar el poder?

Quienes hemos conocido de cerca las consecuencias del autoritarismo sabemos que una democracia no siempre desaparece de golpe. A veces comienza a deteriorarse cuando se desacreditan las instituciones, se persigue la crítica y se acostumbra a la sociedad a guardar silencio.

Y esa lección también debe ser escuchada por los demócratas. Una victoria electoral no representa un cheque en blanco ni significa que todas las diferencias hayan desaparecido. Quienes ahora reciben la confianza de los ciudadanos tienen la obligación de responder con resultados, no simplemente con discursos.

«No pusimos fin a una era de gobierno de un solo partido simplemente para dar paso a otra», dijo la gobernadora electa de Texas, Gina Hinojosa, en su discurso de celebración. «Los mismos analistas nacionales y miembros de la clase política que ignoraron esta campaña y luego no supieron interpretarla ahora declararán que esta es una victoria de los demócratas. Siguen sin entenderlo. Esta victoria es mucho más grande que eso: le pertenece a Texas».

La victoria del 3 de noviembre abre una oportunidad para recuperar la cordura, el sentido común, la humanidad, la empatía y el respeto en la vida política del país. Una oportunidad para que el centro recupere terreno frente a los extremos y podamos volver a pensar diferente sin vernos como enemigos.

En mi columna anterior escribí que no escapamos del autoritarismo para votar por él. Hoy, después de una jornada electoral histórica, esa reflexión adquiere una nueva dimensión. No basta con rechazar los excesos del poder en las urnas. También debemos exigir que quienes reciben nuestra confianza gobiernen sin repetirlos.

Al final, el verdadero triunfo de una democracia no ocurre cuando gana nuestro partido. Ocurre cuando las instituciones funcionan, las libertades se respetan y ninguna persona tiene que vivir con miedo por pensar diferente, por su origen o por reclamar sus derechos.

Y si algo nos recordó este 3 de noviembre es que, incluso en los lugares donde parecía imposible, los ciudadanos todavía tienen el poder de cambiar la historia.