
Por Ciro Valiente
Desde la llegada de Hugo Chávez al poder, Venezuela no solo se partió políticamente: se quebró emocionalmente. Familias enteras se disolvieron, amistades de años se fracturaron y la hermandad fue reemplazada por una hostilidad que no deja espacio para el pensamiento distinto.
Hoy, esa división vuelve a resurgir. Esta vez no se trata de chavistas contra opositores, sino de venezolanos enfrentados entre sí en el exilio. La reciente decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos de permitir que el gobierno revoque el Estatus de Protección Temporal (TPS) mientras continúa el litigio ha expuesto, una vez más, nuestras grietas.
Cientos de miles de venezolanos en este país viven con miedo e incertidumbre, pero en lugar de solidaridad, muchos compatriotas optaron por el silencio, y más grave aún es que otros incluso celebraron la decisión argumentando que no se puede cuestionar al presidente Trump porque está cercando al régimen de Maduro.
¿Acaso no se puede apoyar la presión internacional para liberar a Venezuela y al mismo tiempo exigir un trato digno para los venezolanos que hoy contribuyen, trabajan y pagan impuestos en Estados Unidos? ¿Por qué la empatía parece un lujo reservado solo para quienes piensan igual?
Peor aún, hay quienes aseguran que no les importa si se elimina el TPS “a cambio de la libertad de Venezuela”. Pero la pregunta es: ¿cómo ayuda quitar el TPS a que Venezuela sea libre? El TPS existe precisamente por el chavismo, no al revés. Es la dictadura la que generó el exilio y la que obliga a cerca de 600.000 venezolanos a depender de esta protección humanitaria para sobrevivir. En todo caso, será la libertad de Venezuela la que pondrá fin a la necesidad del TPS, no su eliminación.
Y lo más grave es escuchar que quienes expresan su apoyo al TPS “no quieren la libertad de Venezuela”. ¿Hasta dónde llegarán estos pensamientos obscenos y carentes de sentido común? ¿En qué momento defender la estabilidad y la seguridad de nuestras familias se convirtió en un acto de traición?
Hace unos meses, María Corina Machado aseguró que el regreso de los venezolanos será posible solo con un cambio de gobierno, y tiene razón. Pero lo que no puede ocurrir es que ese regreso sea forzado. Nadie puede ser obligado a volver a un país donde la persecución y la represión siguen tan vivas o incluso peor que hace unos años.
“Queremos que regresen, pero a una Venezuela libre, segura y próspera, donde nadie se persiga y que lo hagan voluntariamente”, dijo Machado el pasado 4 de febrero.
La congresista republicana aliada al gobierno de Trump, Maria Elvira Salazar, también alzó su voz el lunes para aplaudir a la administración actual por cercar a Maduro, pero pidió que «mientras derrotamos a los narcos afuera, aquí en Miami miles de familias venezolanas trabajadoras y que pagan impuestos viven angustiadas por el fin del TPS».
«No podemos permitir que un solo venezolano honrado sea enviado de regreso a ese infierno. Las condiciones no solo no mejoran: empeoran cada día», dijo la congresista Salazar. «La mayoría de los más de ocho millones de venezolanos en el exilio sueñan con volver. Pero ese sueño solo será posible cuando regresar no signifique arriesgar la libertad o la vida. Miles fueron forzados a salir de su tierra para sobrevivir, y ahora, irónicamente, están siendo empujados a regresar a ella».
Que quede claro, no hay contradicción en desear un cambio político en Venezuela y, al mismo tiempo, luchar por la estabilidad migratoria de nuestros compatriotas. Lo que sí es una contradicción —y una tragedia— es que sigamos dejando que el odio sea quien nos defina.
Porque si algo nos arrebató la dictadura no fue solo el país, sino también la capacidad de escucharnos, de sentir el dolor ajeno y de entender que el enemigo no es el que piensa distinto.
El sueño de volver a casa será posible después del cambio. Pero hoy, más que nunca, necesitamos unidad, empatía y humanidad. Porque sin eso, aún con un cambio no habrá país al cual regresar.




