
Por David Bonyuet
Comunicador venezolano
Twitter: @DBonyuet
Desde la caída del dictador Nicolás Maduro, preso en una cárcel de Estados Unidos a la espera de que lo sentencien por narcoterrorista, Venezuela vive aún en un mar de incertidumbre pese a que aparentemente ya comenzó el proceso que debería abrir paso a una transición a la democracia. Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, ha delineado el plan para convocar a elecciones presidenciales que a muchos observadores cuesta creer y ya hablan de «la trampasión: la paciencia del moribundo».
Si bien arrancó el proceso que debería abrir paso a una transición en Venezuela, lo malo es que se está haciendo bajo la misma absurda criminalidad chavista de siempre: represión, intimidación contra la prensa, fallas catastróficas en los servicios públicos, con apagones diarios y es que para los del régimen dictatorial nada ha cambiado, aunque digan que vienen cambios.
Venezuela lleva el récord mundial de dialogancia inútil. Más de 26 años de intentos de acuerdos (y desacuerdos), con la participación de más de 20 países incluyendo el Vaticano, donde el propio pontífice reclamó formalmente que las negociaciones se interrumpieron porque «el gobierno no cumplió con los gestos concretos ni con lo acordado en las reuniones». Del Chavismo hay que esperar mala fe, malas intenciones y malas acciones.
Cuando uno revisa lo que se discute en esta «nueva» mesa de negociación, solo causa preocupación: el primer tema es «atender a las víctimas» de los sismos, cuyo saldo continúa siendo devastador y cuya respuesta oficial fue un evidente fracaso de Delcy Rodríguez. Después aparecen los mismos puntos que el país lleva años esperando: fortalecimiento institucional y garantías políticas y civiles. Estas negociaciones se desarrollan, literalmente, sobre el sufrimiento de los presos políticos, muchos de ellos enfermos, víctimas de torturas y sobre las ruinas de miles de familias que aún buscan a sus muertos olvidados por el Estado.
A estas alturas resulta difícil no concluir que el chavismo pretende aplazar cualquier decisión trascendental hasta después de las elecciones de medio término de Estados Unidos. Su apuesta parece ser resistir, confundir, engañar, ganar tiempo y esperar que Donald Trump sufra una derrota política que obligue a Washington a reducir la presión.
Hay algo muy revelador: María Corina Machado, quien encabezó y continúa representando con mayor claridad la voluntad de una transición democrática en Venezuela, no puede siquiera entrar al país y tampoco cuenta con representación directa en esa mesa. Surge la pregunta inevitable: ¿a quién se supone que debe creerle el pueblo venezolano?
Es precisamente aquí donde resulta indispensable escuchar con atención lo que ha dicho el secretario de Estado Marco Rubio: «el sistema chavista tiene raíces construidas durante más de un cuarto de siglo y semejante estructura no se desmonta de la noche a la mañana. … En última instancia, debe haber una transición… tiene que haber elecciones legítimas a todos los niveles, para que la gente sepa que el gobierno en el poder es un gobierno legítimo elegido por el pueblo». Es decir: al final tiene que existir una transición real… El pueblo no necesita más farándula, ni comunicados, ni más negociaciones interminables.
Todos sabemos quién ganó las primarias del 22 de octubre de 2023 y también sabemos quién ganó las presidenciales del 28 de julio de 2024. La transición la debió liderar la líder indiscutible y reconocida por toda Venezuela: María Corina Machado.
Cualquier discusión que la excluya, que ignore el mandato popular y que pretenda maquillar la continuidad del régimen no es transición: es otra farsa. Trump y Rubio lo han dicho con claridad. El pueblo venezolano también lo sabe. Ya no hay espacio para más engaños. La única salida digna es la salida definitiva del chavismo del poder.




