
Por Ciro Valiente
Hay fotografías que dicen mucho más que cualquier discurso. Donald Trump y Delcy Rodríguez posaron juntos este martes en Nueva York. Los dos frente a las cámaras. Los dos sonrientes. Detrás de ellos, las banderas de Estados Unidos y Venezuela, el país que millones tuvieron que dejar atrás y al que todavía esperan algún día poder regresar.
Trump hace su conocido gesto con el pulgar hacia arriba. Delcy, a su lado, muestra dos dedos de su mano derecha formando una V. Algunos medios lo describieron simplemente como el gesto de la “victoria”. Otros vieron la firma de Chávez, gesto muy usado por Delcy Eloína y sus simpatizantes. Y hubo quienes se preguntaron si se trataba del conocido gesto británico de los dos dedos, que con la palma orientada hacia adentro puede ser un insulto. La interpretación resulta particularmente curiosa porque Rodríguez estudió y vivió durante un tiempo en Londres.
Quizás fue victoria; quizás fue una referencia chavista; quizás no quiso decir nada más, pero el gesto más difícil de ignorar no está en sus manos. Es la fotografía misma.
Para muchos venezolanos, aunque era previsible, ver finalmente al presidente de Estados Unidos posando sonriente junto a Rodríguez debe sentirse como una patada en el estómago.
Pienso especialmente en quienes llevan años soñando con regresar a una Venezuela libre. En quienes salieron después de ser perseguidos políticamente. En las familias que tuvieron que separarse. En quienes todavía tienen a un familiar preso o recuerdan lo que significaba escuchar las siglas SEBIN, DGCIM, FAES (conocida ahora como DAET), o cualquier otra agencia del gobierno usada para amedrentar, arrestar, secuestrar, desaparecer, torturar, o incluso asesinar.
Muchos terminaron en distintos rincones del mundo, incluido Estados Unidos, buscando dejar atrás la persecución, la zozobra y esa costumbre terrible de mirar por el retrovisor para asegurarse de que nadie los persiguiera. Querían volver a sentirse seguros; y ahora miran esa fotografía.
Los “líderes de Venezuela”
Horas antes de posar con Delcy Rodríguez, el mandatario habló sobre Venezuela ante la Asamblea General de Naciones Unidas.
Primero recordó la operación estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro. Después dijo: “Estamos trabajando estrechamente con los líderes de Venezuela para forjar un futuro mucho mejor para el pueblo venezolano”.
Los “líderes de Venezuela”. Deténgase un momento en esas palabras.
Trump se refiere a un régimen encabezado por Delcy Rodríguez, quien durante años fue una de las figuras más poderosas de la dictadura de Nicolás Maduro. También siguen allí su hermano Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello, Granko Arteaga, y muchos otros miembros del mismo poder político que gobernó mientras millones de venezolanos abandonaban el país.
Esa misma noche llegó la fotografía. Trump y Delcy se reunieron en el Lotte New York Palace, en Manhattan. También participaron altos funcionarios estadounidenses, entre ellos el secretario de Estado, Marco Rubio.
Rodríguez salió celebrando lo ocurrido. “Sostuvimos una histórica reunión”, escribió posteriormente al referirse al encuentro y a las conversaciones para fortalecer la relación bilateral.
¿Histórica? Probablemente lo sea, pero quizás no por las mismas razones para todos. Para millones de venezolanos, esa fotografía simboliza una especie de duelo. El duelo por el país que dejaron atrás, por la democracia que todavía esperan recuperar y por la posibilidad de volver algún día a una Venezuela libre. Basta mirar las redes sociales para encontrar venezolanos expresando rabia, tristeza, decepción y algunos hasta una sensación de traición al ver esas imágenes.
¿Quién no quiere a María Corina de vuelta en Venezuela?
María Corina Machado lleva meses diciendo que quiere regresar a Venezuela. Este martes volvió a intentarlo. Y lo ocurrido parece más una historia de suspenso que el regreso a casa de una ciudadana venezolana.
El periodista David Alandete, quien la acompañó en Panamá, documentó tres intentos frustrados en menos de 24 horas. Con ellos ya suman siete desde que Machado salió de Venezuela: ha intentado regresar por aire, tierra y mar, pero una sucesión de permisos negados, vuelos que no pudieron continuar y hasta una embarcación averiada han terminado cerrándole el camino.
Ante tantos obstáculos es inevitable la pregunta que nadie parece haber respondido: ¿quién no quiere a María Corina Machado de vuelta en Venezuela?
Resulta difícil hacerse esa pregunta sin volver a mirar la fotografía que encabeza esta columna. Mientras la líder opositora y Premio Nobel de la Paz buscaba una ruta para regresar a Venezuela, quienes hoy dicen estar «construyendo un futuro mejor» para los venezolanos posaban sonrientes en Nueva York.
El aparato represivo sigue ahí
Detrás de esa nueva relación que Washington comienza a construir con los “líderes de Venezuela” sigue existiendo una realidad mucho más incómoda: todavía hay venezolanos presos por razones políticas y denuncias de detenciones arbitrarias, mientras organismos como el SEBIN y la DGCIM continúan operando. Apenas la semana pasada, el 16 de septiembre, la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela recordó al mundo una realidad que ninguna fotografía diplomática debería hacer olvidar.
En su informe más reciente, la conclusión fue contundente: las instituciones responsables de la represión, graves violaciones de derechos humanos y crímenes de lesa humanidad permanecen intactas.
La misión sí reconoció cambios. Han disminuido algunas detenciones prolongadas y desapariciones forzadas y cientos de presos políticos han sido excarcelados desde enero.
Esos cambios importan, especialmente para quienes finalmente han podido recuperar su libertad. Sin embargo, las estructuras que hicieron posible esa represión siguen allí. Y no se trata de abusos que quedaron enterrados en el pasado: estamos hablando de la Venezuela de hoy. Basta mirar lo ocurrido hace apenas unos días.
Regresó del exilio y terminó en manos del SEBIN
Javier Oropeza había pasado dos años exiliado en España. Regresó a Venezuela la semana pasada. Un tribunal había sobreseído la causa penal que existía en su contra. Apenas 48 horas después de regresar al país, salió de una entrevista en el diario El Informador, en Barquisimeto.
Funcionarios del SEBIN lo estaban esperando. Lo detuvieron. Durante horas volvió a aparecer una pregunta que demasiadas familias venezolanas conocen: ¿Dónde está?
Oropeza fue liberado unas seis horas después tras una fuerte presión nacional e internacional, pero quedó bajo medidas cautelares. Seis horas pueden parecer poco cuando existen venezolanos que han pasado años presos. Sin embargo, ese no es el punto. El punto es que un dirigente político puede pasar dos años exiliado, regresar después del sobreseimiento de su causa y terminar nuevamente detenido por el SEBIN apenas dos días después.
Esa también es la Venezuela de septiembre de 2026. Y mientras eso ocurre allá, algo muy distinto, pero profundamente doloroso, está ocurriendo aquí.
Los venezolanos vuelven a mirar por el retrovisor
En Estados Unidos se estima que viven alrededor de un millón de venezolanos. La gran mayoría llegó después de que Venezuela dejara de ser un lugar donde podían sentirse seguros.
Muchos fueron perseguidos políticamente. Otros escaparon de una crisis económica que destruyó sus posibilidades de continuar viviendo dignamente en su propio país.
Solicitaron asilo; entraron mediante programas creados por el propio gobierno estadounidense; obtuvieron permisos de trabajo; tuvieron hijos; construyeron una vida; y esperaron.
Algunos llevan años esperando que el sistema migratorio estadounidense decida sus casos. En mi columna anterior escribí sobre venezolanos que hoy sienten miedo de hacer cosas tan normales como manejar, ir a trabajar, llevar a sus hijos a la escuela o tomar un avión dentro del país.
Esta semana apareció otra historia.
“No estoy bien por la herida de bala”
Wilber Rafael Garcés Pérez tiene 28 años. Es venezolano. El domingo salió a trabajar haciendo entregas para DoorDash en Austin, Texas. Terminó con una bala en la espalda disparada por un agente de ICE.
Sus abogados sostienen que Garcés Pérez entró legalmente a Estados Unidos en 2024 mediante CBP One y posteriormente solicitó asilo. También aseguran que faltó a una audiencia migratoria porque la notificación fue enviada a una dirección incorrecta.
El gobierno sostiene que se encuentra ilegalmente en Estados Unidos y tiene una orden final de deportación. Las circunstancias exactas del tiroteo continúan bajo investigación y existen versiones distintas sobre lo ocurrido. Pero sabemos lo que vino después.
Wilber fue llevado al hospital y, apenas unas horas más tarde, trasladado a un centro de detención migratoria con la bala todavía alojada cerca de su columna. Desde allí habló por teléfono durante una conferencia de prensa, según reportó KUT News.
“No estoy bien por la herida de bala y no he recibido la atención médica que requiero”, dijo Wilber. Posteriormente tuvo que regresar al hospital después de presentar problemas para levantar el brazo izquierdo. La bala, según su abogada, continuaba alojada en su cuerpo.
Piense por un momento en esa escena. Un venezolano sale a repartir comida para ganarse la vida. Horas después está detenido, herido y con una bala todavía dentro del cuerpo.
¿De quién huyen ahora?
Aquí es donde ambas historias comienzan a encontrarse de una manera que resulta difícil de procesar.
Durante años escuchamos historias de venezolanos que cambiaban de ruta para evitar una alcabala. Personas que miraban por el retrovisor cuando aparecía un vehículo sospechoso. Familias que sentían miedo cuando alguien preguntaba por ellos.
Muchos huyeron precisamente para dejar esa vida atrás. Hoy algunos vuelven a mirar por el retrovisor, solo que ahora están en Estados Unidos.
No estoy diciendo que ICE sea el SEBIN o la DGCIM. No lo es. Son instituciones de países distintos y funcionan bajo sistemas jurídicos completamente diferentes. Estoy hablando del miedo, de esa sensación de salir de casa preguntándote si vas a regresar, de revisar constantemente los espejos, de llamar a tu familia para decir que llegaste bien o de compartir por WhatsApp dónde están ocurriendo operativos.
Los venezolanos conocemos demasiado bien esa forma de vivir, y por eso resulta tan difícil aceptar que algunas personas que escaparon de la zozobra provocada por los cuerpos de seguridad venezolanos hoy sientan miedo de encontrarse con agentes migratorios en el país donde buscaron protección.
Mientras unos se esconden, otros posan para las cámaras
Ahí está quizás la imagen más dolorosa de esta semana. En Venezuela, Naciones Unidas dice que el aparato represivo permanece intacto. En Estados Unidos, venezolanos con procesos migratorios complicados o pendientes temen ser detenidos por ICE. Y en Nueva York, Donald Trump y Delcy Rodríguez sonríen para las cámaras.
La misma Delcy Rodríguez que fue vicepresidenta de Nicolás Maduro. La misma usurpadora que ahora celebra una reunión “histórica” con el presidente estadounidense. Y el mismo Trump que horas antes la incluyó entre quienes llamó los “líderes de Venezuela”.
Uno puede entender la diplomacia, los intereses económicos e incluso entender que Estados Unidos necesite hablar con quien ejerce el poder en Caracas. Lo que cuesta entender es dónde quedaron los venezolanos en medio de todo esto, y qué quedó de aquel discurso de que «con dictadores no se negocia».
¿Cuándo comenzó este juego de ping pong?
Esa es la pregunta que no puedo sacarme de la cabeza. ¿En qué momento ambos gobiernos comenzaron a jugar ping pong con el dolor de los venezolanos?
Porque la pelota siempre parece terminar golpeando a la misma gente: a la familia que tuvo que abandonar Venezuela, al perseguido político que pensó que finalmente estaba seguro, al solicitante de asilo que lleva años esperando una respuesta, al padre que sale a trabajar sin saber si regresará esa noche y al venezolano que todavía guarda la esperanza de volver algún día a su país.
Estados Unidos tiene derecho a hacer cumplir sus leyes migratorias. No todos los casos son iguales y tener una solicitud de asilo pendiente no concede automáticamente estatus migratorio legal. También tiene derecho a mantener relaciones diplomáticas y negociar con gobiernos extranjeros.
Pero ninguna de esas realidades borra lo que obligó a tantos venezolanos a huir, ni convierte de repente en seguro el país del que escaparon. Los gobiernos pueden cambiar de estrategia, encontrar nuevos intereses y sentarse con quienes ayer condenaban. Quienes fueron perseguidos no tienen el lujo de reescribir tan fácilmente lo que vivieron.
No huyeron para volver a vivir con miedo
Millones de venezolanos no abandonaron Venezuela porque un día decidieron que sería interesante comenzar desde cero en otro país. Dejaron madres, padres, carreras, casas, cumpleaños, navidades, amigos y una vida que probablemente imaginaban vivir completa en Venezuela.
Algunos se fueron porque fueron perseguidos y otros porque la crisis hizo imposible quedarse. Muchos todavía sueñan con regresar, con volver a caminar por las calles donde crecieron, con que sus hijos conozcan el país que ellos recuerdan y con volver a ver una Venezuela libre.
Por eso esa fotografía duele. Mientras muchos venezolanos siguen esperando justicia, democracia o simplemente una respuesta a su solicitud de asilo, quienes tienen poder parecen haber encontrado rápidamente la manera de sentarse juntos en la misma mesa.
Trump y Delcy sonríen frente a las cámaras. Fuera de esa fotografía quedan millones de venezolanos preguntándose cuándo alguien va a dejar de negociar su futuro sin escucharlos.
Después de todo lo que han vivido, no deberían tener que elegir entre el miedo del país que dejaron y el miedo del país donde buscaron refugio. Ya han huido demasiado.




