OPINIÓN | Esperar no es un delito: cuando la ineficiencia migratoria se convierte en una trampa

Por Ciro Valiente

Imagínese hacer exactamente lo que le pidieron y que luego lo castiguen de la peor forma por haber cumplido con el proceso. Eso es lo que hoy sienten miles de inmigrantes a lo largo y ancho del país.

Hay personas en Estados Unidos que llevan ocho, nueve y hasta más de diez años esperando una entrevista de asilo o una decisión sobre sus casos. Llegaron, presentaron sus solicitudes, colocaron sus huellas, solicitaron permisos de trabajo y siguieron cada paso que les indicó el gobierno.

Y esperaron, porque eso también era parte del proceso. Durante esos años construyeron una vida. Trabajaron, tuvieron hijos, pagaron impuestos, compraron casas o abrieron negocios. Muchos renovaron una y otra vez sus permisos mientras sus casos seguían pendientes.

La gran mayoría lleva años sin salir de Estados Unidos. USCIS advierte que una persona con una solicitud de asilo pendiente que sale del país sin obtener primero un permiso de viaje conocido como advance parole puede ser considerada como alguien que abandonó su solicitud. Incluso con ese permiso, regresar a Estados Unidos no está garantizado.

Para muchos, entonces, la única alternativa ha sido esperar por un largo tiempo. Pues resulta que ahora esa espera puede terminar de la peor manera: con esposas y detrás de las rejas, incluso en casos de personas sin antecedentes criminales y mientras el propio gobierno todavía no ha decidido sus solicitudes.

El miedo llegó a la vida cotidiana

Los arrestos ocurren en aeropuertos, calles y hasta gasolineras. Ese miedo empieza a cambiar hasta las cosas más normales de la vida. Llevar a los niños a la escuela, hacer mercado para llevar comida a casa, visitar a un familiar, manejar por la ciudad, ir al trabajo, o incluso tomar un avión dentro de Estados Unidos.

Lo más preocupante es que ya existen muchos casos documentados de personas con permisos de trabajo y solicitudes de asilo pendientes que han sido detenidas en esas circunstancias. Associated Press confirmó que este perfil de inmigrantes se encuentra entre quienes están siendo arrestados.

¿En qué momento vivir una vida normal comenzó a convertirse en un riesgo para alguien que lleva años esperando que el gobierno decida su caso?

Nueve años esperando y terminó esposado en el Boston Logan

Uno de esos casos ocurrió aquí mismo, en Massachusetts. David Ardila, un venezolano de 33 años residente en Seattle, fue detenido el pasado julio en el Aeropuerto Internacional Logan de Boston cuando se disponía a regresar a casa después de asistir a un partido del Mundial.

Ardila llegó a Estados Unidos y solicitó asilo. Su abogado, Todd Pomerleau, dijo que seguía esperando una entrevista cuando fue arrestado y cuestionó que el supuesto exceso de permanencia de su visa estuviera siendo utilizado contra alguien cuyo caso de asilo llevaba años sin resolverse.

“Ellos han retrasado su solicitud de asilo”, dijo Pomerleau al referirse a la razón por la que la visa había expirado. El abogado agregó que sus clientes estaban detenidos después de haber solicitado un beneficio migratorio conforme a la ley y han esperado años por una entrevista. Ardila permaneció aproximadamente tres semanas bajo custodia.

Y Ardila es tan solo uno de muchos. Probablemente existen otros casos que nunca conoceremos porque hay familias que, por temor a exponerse todavía más, prefieren vivir esta angustia en silencio.

“Me esposaron como si fuera una criminal”

Claudia Carolina Rodríguez Caglianone, venezolana de 28 años y exfutbolista universitaria, fue detenida en el Aeropuerto Internacional de Fort Lauderdale-Hollywood cuando intentaba viajar a Carolina del Norte.

Había llegado a Estados Unidos en 2017, solicitó asilo poco después y recibió TPS en 2023. Su solicitud de asilo continuaba pendiente cuando fue detenida.

Su primo Gabriel Domínguez dijo a Local 10 News algo que contrasta enormemente con la imagen de peligrosidad que tantas veces rodea el discurso sobre las detenciones migratorias:

“Cuando pienso en ella, pienso en una joven que ha pasado la mayor parte de su vida tratando de hacer lo correcto”.

Después de ser liberada, la propia Claudia describió su arresto con una frase todavía más dolorosa:“Me sentía como un animal en un zoológico”.

Doral convertido en una especie de Lejano Oeste

En Doral, Florida, las historias de las últimas semanas son todavía más difíciles de ignorar. Casi la mitad de la población de esa ciudad es venezolana y la ola de detenciones ha encendido las alarmas dentro de una comunidad que durante años hizo del sur de Florida su hogar. Organizaciones venezolanas incluso han pedido al Congreso que investigue los arrestos de personas con solicitudes de asilo y otros procesos migratorios pendientes.

Para muchas familias, el Doral comienza a sentirse como una especie de Lejano Oeste migratorio, y es que más allá del panorama desolador, salir de casa implica mirar constantemente alrededor, y un encuentro con agentes puede ocurrir de la forma más inesperada.

Humberto Castro, venezolano de 59 años, llevaba ocho años viviendo en Doral cuando fue detenido. Según relató su hija Arianna Castro a El País, tenía una solicitud de asilo pendiente, permiso de trabajo válido hasta 2030 y ningún antecedente criminal.

“Mi papá tiene su permiso de trabajo con validez hasta el 2030. Su asilo está pendiente. Estaba yendo a su trabajo, manejando normal, y lo pararon y esposaron”, contó su hija.

Una niña de cuatro años vio cómo se llevaban a su papá

Otro venezolano, Roberto Paredes, fue detenido mientras viajaba por Doral con su esposa, Lorena García, y su hija de cuatro años. Según García, no habían cometido ninguna infracción de tránsito.

“No cometimos ningún tipo de infracción. No íbamos a alta velocidad, no pasamos ningún semáforo”, relató a Univision.

García dijo que los agentes habían escaneado la matrícula del vehículo y, según lo que le explicaron, pudieron determinar que ellos no eran residentes ni ciudadanos. Su hija de cuatro años dormía en el asiento trasero cuando comenzó el incidente.

Para mí, como padre de dos niñas, es imposible leer una historia así sin pensar primero en esa pequeña. Ella no sabe qué significa tener un formulario I-589 pendiente. No entiende de TPS, permisos de trabajo o atrasos migratorios. Solo sabe que estaba con su mamá y su papá y, de repente, unos agentes se llevaron a su padre.

¿Cómo se le explica algo así a un niño? ¿Cómo evitas que esa niña piense que su papá es un criminal cuando ha crecido viéndolo trabajar, cuidarla y llevar una vida normal?

Son heridas que una estadística jamás podrá medir.

Detenido mientras ponía gasolina

Carlos Hugo Betancur, colombiano de 52 años, también tenía una solicitud de asilo pendiente cuando fue detenido mientras ponía gasolina en una estación de Doral.

Su hija, María Alejandra Betancur, estaba hablando con él por teléfono cuando llegaron los agentes.

Betancur pasó 16 días detenido antes de regresar con su familia usando un monitor electrónico. ICE sostuvo que había permanecido en Estados Unidos después del vencimiento de su visa. Su familia mostró a CBS News Miami documentos de su solicitud de asilo, permiso de trabajo y otros trámites migratorios.

Entonces, ¿qué debían hacer?

Aquí hay una distinción importante. Tener una solicitud de asilo pendiente no significa automáticamente tener estatus migratorio legal y cada caso tiene circunstancias particulares.

Pero reconocer esa realidad jurídica no elimina una pregunta que cada día resulta más difícil ignorar: ¿Qué debía hacer una persona mientras esperaba?

Si el gobierno recibió su solicitud hace cinco, ocho o diez años y todavía no la ha entrevistado o no ha tomado una decisión, ¿qué alternativa tenía?

Tenía que seguir pagando la renta, comprar comida, ir al médico, trabajar y continuar viviendo así sea en medio del limbo migratorio. Una década no puede ponerse en pausa.

Casi 50,000 arrestos en un solo mes

Estos casos tampoco pueden verse simplemente como historias aisladas. Associated Press reportó recientemente que ICE realizó 49,571 arrestos solamente en julio, la cifra mensual más alta del segundo mandato del presidente Donald Trump.

Pero hay un dato todavía más revelador: más de la mitad de las personas arrestadas no tenían condenas criminales ni enfrentaban cargos criminales pendientes. Menos de una cuarta parte había sido condenada por algún delito.

Muchos de estos arrestos ya no ocurren como resultado de que una persona haya sido detenida previamente por otra autoridad. ICE está realizando detenciones directamente en las comunidades, algo que ayuda a entender las escenas que hoy vemos en aeropuertos, calles, estacionamientos y otros espacios de la vida cotidiana.

Eso también ayuda a explicar por qué el miedo se ha extendido tanto. Durante mucho tiempo se habló de una ofensiva dirigida principalmente contra criminales peligrosos. Sin embargo, los propios números y las historias que estamos viendo obligan a preguntarnos hasta dónde está llegando esa política.

“Esto no era por lo que votamos”

Incluso dentro de sectores venezolanos que apoyaron al presidente Trump comienzan a escucharse cuestionamientos.

Helen Villalonga, presidenta de AMAVEX, contó a El País que venezolanos vinculados al Partido Republicano comenzaron a llamarla después de conocerse estas detenciones.

“Esto no era por lo que votamos. Esto no era lo que estábamos esperando”, le dijeron algunos.

No debería importar por quién votó una persona para reconocer que hay algo profundamente preocupante en todo esto.

Salir de casa rezando para no ser el próximo

Estados Unidos tiene derecho a hacer cumplir sus leyes migratorias. Hay personas con órdenes finales de deportación y existen casos muy distintos a los que describo en estas líneas.

Pero jamás podré entender cómo hace más seguro a este país detener a personas sin antecedentes criminales que llevan años esperando que el propio gobierno resuelva sus solicitudes.

Yo también soy inmigrante. Sé lo que significa entregar documentos y esperar una decisión que puede cambiar el futuro de toda tu familia. Revisar el correo buscando una carta. Entrar al sistema para comprobar si finalmente apareció una actualización.

Por eso pienso en quienes llevan más de una década esperando y hoy salen de sus casas con una angustia que antes no tenían.

Me refiero a personas que manejan mirando constantemente por el retrovisor. Que ven un vehículo de las autoridades y sienten que el corazón se les acelera. Que llevan a sus hijos a la escuela, van al supermercado o salen a trabajar rezando para no convertirse en la próxima víctima de una práctica que sienten cada vez más impredecible y cruel.

Es como vivir esperando que algún día te puede tocar tu turno. No sabes cuándo, no sabes dónde ni tampoco sabes si será hoy. Solo sabes que mañana tienes que volver a salir de casa.

Que termine esta angustia

El gobierno puede exigir que los inmigrantes respeten las leyes y sigan sus procesos. Por supuesto que puede. Pero entonces el gobierno también tiene que responder.

No puede pedirle a alguien que espere durante años y después utilizar las consecuencias de esa misma espera contra quien cumplió con el proceso. Y aquí está quizás lo más cruel de todo: la angustia no comienza cuando llegan las esposas. Ya existe mucho antes.

La angustia la vive quien está detenido y no sabe cuándo volverá a abrazar a sus hijos. Pero también quien esta noche duerme en su propia cama, tiene un permiso de trabajo en la cartera y una solicitud pendiente desde hace años, y mañana tendrá que volver a abrir la puerta de su casa sin saber si regresará a su hogar.

La viven sus parejas, sus padres, y especialmente sus hijos. Esta práctica tiene que detenerse.

No estoy pidiendo impunidad para quien haya cometido un delito ni que se ignoren las órdenes finales de deportación. Estoy hablando de personas sin antecedentes criminales que acudieron al sistema, entregaron su información al gobierno y llevan años esperando que ese gobierno les responda.

Resuelvan sus casos, denles una respuesta, aprueben o nieguen conforme a la ley. Pero no conviertan la ineficiencia del propio sistema en una trampa para quienes hicieron lo que se les pidió, porque ninguna familia debería vivir rezando para evitar ser la próxima, y ningún niño debería despedirse de su mamá o de su papá por la mañana con el temor de que esa noche haya una silla vacía en la mesa.

Mientras todo eso ocurre, hay una palabra que sigue apareciendo en miles de expedientes migratorios y que resume perfectamente lo absurdo de esta situación: Pendiente. Pendiente la entrevista; pendiente la decisión; pendiente la vida de una familia entera.

Ya esperaron demasiado. Que cese la angustia.